Como convertirse en fisiatra
Lo primero es tener una experiencia personal profunda que tenga alguna relación. Haber tenido un accidente, un familiar con discapacidad, o tal vez, uno de tus padres puede que sea fisiatra. Si es ese el caso, es probable que tu infancia sea, de alguna manera, peculiar. Vas a acostumbrarte a conocer personas y circunstancias que no son habituales para todo el mundo, pero que a ti no te parecerán extrañas. Irás creciendo y, como es probable que tus notas del colegio sean buenas, la gente dirá “seguramente va a estudiar medicina”. Y a ti te parecerá completamente razonable pensar eso.
Cuando llegue la hora de estudiar, naturalmente, estudiarás medicina, pero no querrás tener la misma especialidad de padre o tu madre. Dirás que es porque no te gusta, pero de verdad te parece un poco complicado, dado que todo el mundo en la especialidad te conoce desde que tiene uso de razón y las expectativas podrían ser un problema. Cuando entras a la Universidad, te das cuenta que muchos de tus compañeros son hijos de médicos y tienen una serie de traumas que tú no conoces: navidades que pasaron en ausencia, cumpleaños y vacaciones, todo esto por las jornadas obligadas de turnos, que no respetan ocasiones festivas. Pero el fisiatra no hace turnos así que de esto tú no sabes.
Durante los años de mala suerte que cursarás los estudios de pregrado, buscarás sin descanso cuál es tu vocación dentro de la vocación. Tal vez ser pediatra, pero las pediatras no te caen bien. Tal vez entrar a neurología, pero los neurólogos no se preocupan de si al paciente le duele el hombro o arrastra el pie, y tú en cambio, no puedes pasar por alto esas quejas. Tal vez dedicarse a la infectología, pero habría que primero ser internista o pediatra, y ambas especialidades tienen turnos, cosa que no te gusta porque la falta de sueño y de fines de semana te son difíciles de tolerar. Finalmente, la forma que tienes de ver el mundo es la misma en la que te criaron y necesitas vivir de esa manera. Y entras a la especialidad, y efectivamente todos los colegas te dicen cosas como “yo te conozco desde que eras así” (acompañado de algún gesto que denota pequeñez en la talla de un humano), y te miran con ternura como si fueras un cachorro (que, al parecer, sí eres).
Tu progenitor o progenitora dirá que cualquier especialidad que hubieras elegido estaría bien, pero estará (no tan) secretamente estará feliz. Y cuando estés con un cansancio infinito, solo quieras dormir, o dedicarte a criar los hijos que has decidido tener, te dirá ~Prepara una charla que nos vamos a un congreso en tal fecha~ con lo que te verás en la obligación de preparar charlas para ambos y partir en locos viajes compartidos. Tú irás siendo cada vez mayor, pero los que ya eran mayores se irán haciendo viejos. Y llegará un momento en que esos viajes serán solo para ti. Y al final del camino, llegará el último viaje, al que no le podrás acompañar. Y te quedarás en soledad, en la oficina que antes compartían, con un librero repleto, con el computador lleno de charlas con su nombre en la primera diapositiva, y la conciencia de que ahora, y parafraseando a Benedetti, la muerte comienza a ser la tuya.





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