Tomás (no es su verdadero nombre)
-¡Tomás! – Llamo, buscando col a
mirada en la sala de espera del hospital, y veo a una mujer joven que se
levanta con un niño en brazos. El niño es vivaz, sonríe, estira los bracitos
hacia mi y me dice algo similar a la palabra “hola”.
-Pasen- digo, les indico
la puerta de la oficina en que atiendo. No es grande, no es bonita, pero
trato de que sea acogedora. Nos estamos conociendo, así que le paso juguetes al
pequeño, que se siente en el suelo y comienza a gatear, buscando cosas,
jugando, ofreciéndoselas a su mamá.
En toda entrevista médica hay que
escribir una historia, a la que le decimos “anamnesis”. Al construir esta, me
entero que, a las 22 semanas, a esta mujer le informaron que el hijo que estaba
esperando tenía varias malformaciones de su cerebro.
-¿Y qué fue lo que le dijeron los
colegas respecto de esas malformaciones que tenía Tomás en el cerebro?
-Me dijeron que abortara- la voz
apenas logra salir de su garganta.
- ¿Cómo? – No pude ocultar mi
asombro. Si bien, efectivamente tenía varias condiciones anatómicas alteradas
en sus exámenes de imágenes, ninguna por
sí sola, ni en su conjunto, calificaban como “inviabilidad fetal”. Además, si
bien la ley de Aborto en 3 causales en Chile no tiene límite de semanas para la
interrupción del embarazo por inviabilidad fetal, el momento del diagnóstico
para su caso era más allá de las 20 semanas. Esto no
es un embarazo “pequeño”, por decir de alguna manera.
Ella me explicó que, a pesar de
que le explicaron que su hijo podía morir al nacer, o poco después, ella no
quería hacerse un aborto, prefería vivir su gestación y enfrentar la muerte del
niño en el período perinatal. El embarazo no tenía riesgo para ella. Junto con
su esposo querían seguir adelante y cuidar ese bebé mientras estuviera en el
vientre. Y lo que estuviera con ellos después, en caso que hubiera un después. Pensé
que probablemente no era lo que yo hubiera querido hacer en su caso. Pero no
era mi situación, sino la de ella.
-La doctora que me atendió,
cuando le expliqué que no quería abortar, me dijo: “bueno, si tú quieres tener
una planta en la casa…”
Me cuenta que se sintió
despreciada, tratada como una persona poco razonable, poco acogida en este
dolor. Que lo pasaron mal, como familia. Hasta que Tomás nació. Se lo pusieron
en el pecho. Era mucho más “blandito” que su hija mayor, pero pudo alimentarse.
Estuvo 4 días hospitalizado para estudio, luego de los cuales se definió que el
alta era segura, y partió a casa con los suyos.
Y hoy tiene dos años. Cuesta entenderle,
pero habla. Entiende todas las instrucciones que su mamá y yo le damos. Gatea
por toda la consulta. Se parab afirmado en los muebles y está empezando a dar
pasos hacia el lado.
La mamá de Tomás y yo conversamos
un largo rato. Juntas, hacemos un plan
de trabajo para que Tomás, de a poquito, se siga acercando en su desarrollo al
de los niños de su edad. Cuando nos despedimos, ella con su hijo en brazos, me
abraza, y el niño hace lo propio. Los veo irse por el pasillo y Tomás va
sacudiendo su manito sobre el hombro de su madre en señal de despedida. Tiene
una margarita en la mejilla izquierda que su sonrisa revela.
Siempre conversamos sobre los
casos en que una mujer quiere interrumpir el embarazo por cualquiera de las 3
dolorosas causales que nuestra legislación permite. Pero nunca me había tocado
escuchar de una mamá que no quería interrumpir su gestación y se sintiera maltratada
por ello. Es verdad que, con los diagnósticos prenatales, había un riesgo de
inviabilidad al nacer. O de tener secuelas severas- Pero también es verdad que
ninguna de las condiciones que tenía era incompatible con la vida. Si la
familia de un niño que tiene el diagnóstico de malformaciones congénitas,
quiere tenerlo y cuidarlo, a sabiendas de que puede ser difícil, cansador, y de
que el sistema no da todas las facilidades, no veo porqué deberían sentirse
hostilizados por la opción que desean abrazar.
Eso me pasó hoy. Lo quería
contar. Lo tenía que contar.

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