Una despedida
Son las 11:20, y voy entrando al
colegio de mis hijos. No la conocía, sólo había visto a sus padres y hermano
mayor. Él era compañero de mi hijo Santiago
y, ahora, aunque no van al mismo curso, están en el mismo nivel y comparten electivos. Emilia estaba enferma hace tiempo. Al
principio yo pensaba que su caso iría a la remisión, pero desde hace unos meses, las noticias no eran buenas y
se pedía oración por ella. Cuando no se es tan cercana a las personas que están
sufriendo, hay que apoyar con lo que se puede desde la posición en que se está,
así que recé. Y rezamos todos, mucho. Y canté. Cantamos con el coro, las veces
que se nos pidió. Con todo el corazón. Pero
el desenlace no fue el que queríamos y ayer en la mañana el temido aviso llegó.
Emilia había partido. Al día siguiente se realizaría una misa para celebrar su
vida. Y yo vengo llegando para ensayar. Aunque todos hayamos sabido que este momento
se avecinaba, el ensayo de una misa de alguien que ha muerto siempre nos
encuentra en un estado de perpleja incredulidad. Esta vez más aún, al ser una
niña de 15 años. Mis pasos me llevan por una galería que va hacia el fondo del
colegio, hacia el gimnasio, donde nos reuniremos todos. Entre sus postes hay
colgados unos cordeles, a guisa de tendedero y, con perritos de ropa, se
sostienen fotos de Emilia en diferentes momentos de su vida en el colegio.
También hay unas pequeñas mesas con tarjetas y lápices. Las personas que pasan pueden
tomar una y plasmar algo para dejar expuesto al sol. Camino despacio por este
tramo, observando. Hay muchos mensajes de afecto, para Emi y su familia. Veo letras distintas, grandes y pequeñas; algunas con trazos más torpes, otras más fluidas. Una simplemente tiene un corazón en el centro. De pronto, una captura mi atención. Está escrita con caligrafía
cuidada pero claramente infantil, y dice:
Querida Emi
Gracias por lo que isiste por mí
Eso es todo. Recorro el resto del
tramo pensando en qué sería eso, tan importante, que basta con esa oración para expresarlo. Llego
a la sala donde ensaya el coro. Nos organizamos lo mejor que podemos en esa
hora y media, y partimos hacia el gimnasio, dónde ya se encuentra reunida gran parte de la
comunidad. En la primera fila están los padres de Emilia y sus dos hermanos. En
el centro del gimnasio, ella descansa rodeada de tantas personas a quiénes une
el dolor de la pérdida. Primero canta un coro de niños pequeños, luego nosotros
damos lo mejor de nosotros mismos para hacer más dulce este momento a través de
la música. Y, al final, su familia habla. Su madre, del privilegio de haber
sido mamá de esa joven. Y es que realmente Emilia era una mujer excepcional ya
a sus 15 años. Inteligente, decidida, linda, generosa. La madre habla de lo injusto que es perder una
persona como ella de este mundo. Y sí. Debe tener razón. Pero no puedo dejar de pensar que tal
vez ninguno de mis hijos es individualmente tan excepcional como Emilia, pero
cada uno de ellos es todo para mí, y si alguno me faltara, sentiría exactamente lo mismo, yo
creo. Que no es justo. Que tenía mucho para dar. Que nos quedó tanto por
compartir. Mientras habla, no puedo dejar de pensar todo lo que me asombra
la fuerza de esa mujer, capaz de contarnos por que está pasando con una
entereza indescriptible, sin que su voz se quiebre, trasmitiéndonos toda su
tristeza y su dolor, pero en forma serena. Luego habla su hermano, de 17 años, y nos dice que nos
queramos, que disfrutemos, porque no sabemos hasta cuando nos tendremos
mutuamente. Su hermanita menor lee un poema escrito por ella misma. Y su papá
agradece, agradece muchas cosas de su hija Emilia, y del resto de su familia; y
ser capaz de agradecer en medio del dolor más grande, debe ser un don.
Al terminar, invitan a todos a
hacer el pasillo de egresados. Cuando los niños egresan de este colegio, la
comunidad hace un pasillo para despedirlos hasta que salen por última vez por
la puerta como alumnos. En esta ocasión, el pasillo se forma, pero para dar
paso a una sola niña, que sale por última vez como alumna, pero en una carroza
fúnebre. Su familia va caminando detrás, llevando una foto de ella en la que se
la ve sonreír. Todos aplaudimos y saludamos con nuestras manos. Los niños más
pequeños tienen banderas del colegio que agitan en la brisa. Y detrás de la
familia, sus compañeros de curso y su profesora, cierran la comitiva llevando
globos blancos. Cuando llegan afuera, y el auto se apronta a partir al
cementerio, los globos son liberados y se pierden de nuestra vista lentamente
hacia lo alto. Luego de abrazarnos, volvemos con los nuestros, llevándonos todo
esto en el corazón bajo el sol de una tarde de verano.

Comentarios
Publicar un comentario